Naturaleza del Señor, la divina y la humana
Quien lleva la carne, la recibió del cuerpo materno. Solamente
la primera pareja humana recibió el cuerpo físico de la mano de
Dios; todos los demás hombres o criaturas lo recibieron del vientre materno. Así también este cuerpo mío es de una madre terrenal, aunque no esté engendrado al modo común sino únicamente por el omnipotente espíritu de Dios, lo que sólo es posible con personas puras y devotas. En tiempos pasados esto no era raro en personas puras y devotas a Dios.
Vuelvo a decir que hombres procreados por vía espiritual tienen inclinaciones más elevadas que los procreados de la manera natural. Yo como hombre, no soy Dios, sino un hijo de Dios, lo que realmente cada hombre debe ser; pues los hombres de esta tierra están llamados a ser hijos de Dios cuando viven de acuerdo con la voluntad divina.
Sin embargo uno de ellos, procreado por vía espiritual, fue escogido y destinado por Dios desde eternidades para ser el primero en poseer la vida dentro de sí y transmitirla a cualquier hombre que crea en Él y viva según su doctrina. Y este primero soy Yo.
Tal vida de Dios no me fue dada por el vientre materno. El germen se hallaba dentro de mí, pero debía ser desarrollado, lo que me exigió casi treinta años de esfuerzo. Verdad es que ahora estoy perfecto delante de vosotros y puedo deciros que me es dado todo poder en el cielo y en la tierra y el espíritu que habita dentro de mí es uno con el espíritu de Dios. Por tal motivo soy capaz de hacer milagros, lo que hasta ahora ningún hombre ha podido hacer. En lo sucesivo esto no será un privilegio exclusivo mío, sino también de todo hombre que crea en mí, que crea que Yo fui enviado por Dios a este mundo para dar la luz de la vida a los hombres que ahora se encuentran en la obscuridad, y que viva y obre según mi doctrina, la cual muestra claramente a los hombres la voluntad del espíritu divino, que vive en mi en toda su abundancia.
Este espíritu es Dios, pero Yo, como hijo puro del hombre, no lo soy. Como ya os he dicho, tuve que conquistar la dignidad divina con mucho esfuerzo y trabajo, igual que cualquier hombre; como tal no me era posible unirme sino con el espíritu de Dios.
Ahora soy una cosa con él en el espíritu, pero todavía no en el
cuerpo; esto será alcanzado sólo después de pasar grandes sufrimientos y con una abnegación total de mi alma.»
El Señor, dirigiéndose al médico al que antes había dado el don de curar a los enfermos, imponiéndole las manos: «Jesús es mi nombre; en tal nombre impón tus manos a los enfermos que mejorarán en beneficio de sus almas. Pero a los ricos dales medicina como antes, pues el don que te concedo es el de curar
a los menesterosos!»
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