El destino del hombre
Pero no penséis que esto sea muy difícil de alcanzar, es exactamente al revés, es decir muy fácil; pues el yugo que pongo sobre vuestra nuca con mis mandamientos es suave y su carga es ligera. Durante los días de esta época oscura el reino de Dios se hace fuerza y los que quieren poseerlo deben arrebatarlo con fuerza, lo que quiere decir tanto como: que ahora es difícil deshacerse de todos los viejos hábitos arraigados por la atracción, tentaciones y seducciones mundanas en el hombre. Es preciso desvestirse del hombre antiguo como de un vestido viejo y totalmente roto y vestirse de hombre nuevo con mi doctrina.
Cuando en el futuro las criaturas sean educadas bien en mi doctrina, entonces, como varones de voluntad fuerte y buena, tendrán que soportar un yugo más leve por mi evangelio.
Sin embargo mi doctrina es fácil de comprender; no exige del hombre nada más que crea en un Dios verdadero, y que le ame como a un buen padre y creador, que le ame sobre todas las cosas y a su prójimo como a sí mismo, es decir que haga a su prójimo todo lo que pueda desear razonablemente que su prójimo le haga a él.
¡No devolváis a nadie mal por mal sino haced el bien hasta a vuestros enemigos y realizaréis un gran progreso en pareceros a Dios, el cual hace salir su sol sobre los hombres buenos y también sobre los malos! Ira y venganza deben desaparecer de vuestros corazones; en su lugar deben entrar misericordia, bondad y afabilidad.
Cuando sea así, la semejanza a Dios ya no estará muy lejos y ésta es la meta única a la que todos vosotros habéis de aspirar. Como ya he dicho: no es tan fácil como os figuráis. Sin Embargo, quien valientemente lucha, tiene segura la victoria. Pienso que nadie debe escatimar esfuerzos ni luchas siendo tan alto el premio de la victoria. Hay muchos que temen la muerte del cuerpo y por esto prefieren quedar atados al mundo para que solamente se salve su cuerpo. Temen a los que matan su cuerpo pero no pueden dañar al alma; mas no temen a quien puede también arrojar su alma al infierno o a la verdadera muerte eterna.
Dejémoslos. Pues no he venido a este mundo para juzgar y condenar, sino para salvar y vivificar a todo el que cree en mí y cumple mi doctrina, viviendo según ella.»
Para más información de las obras de Jacob Lorber, visite su página web:
|