La Impotencia Humana
El Señor: «Todo lo que hacéis ¡hacedlo en mi nombre!, pues sin mí no seréis capaces de hacer nada eficaz para la salvación de vuestra alma. Y si por fin ya habéis hecho todo lo que os fue recomendado hacer para obtener la verdadera vida eterna, entonces confesaos a vosotros y también ante el mundo que habéis sido siervos perezosos e inútiles. Pues sólo Dios es todo en todo y también realiza las buenas obras en los hombres.
Cuando un hombre ha reconocido la voluntad de Dios y actúa de acuerdo con ella, entonces ya no actúa según su propia voluntad sino conforme a la del Señor. Pero lo que la voluntad de Dios realiza en el hombre o hasta en un ángel puro, esto ya no es mera obra del
hombre o del ángel, sino obra de Aquel conforme cuya voluntad la obra es realizada.
La obra del hombre para su salvación consiste sólo en que el hombre, por amor y veneración a Dios, unifique su voluntad con la
divina y luego obre según ella. Desde este momento no ya la voluntad humana sino la de Dios es la que obra todo lo bueno en el hombre; de esta manera, lo bueno en el hombre también es sólo una obra de Dios, lo que el hombre justo y verdadero tiene que reconocer en su humildad. Si un hombre se atribuye a sí mismo como mérito propio una obra buena, ya muestra en esto que no se conoce a sí mismo y aún menos a Dios, y por ello todavía se halla lejos del reino de Dios.
Por tal razón i honrad siempre y en todo a Dios y obrad siempre en su nombre y tendréis el amor de Dios en vosotros! Quien posee el amor de Dios tiene todo en sí para la eternidad.»
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