Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos
Estas fueron las palabras pronunciadas por el Señor antes de
curar a los niños enfermos de un pueblo. Después de haberse
despedido bajo los agradecimientos sin fin de los parientes, varios discípulos se acercaron al Señor, preguntándole: «¿Cómo podemos nosotros, la mayoría hombres entrados
en años, volvernos niños para entrar en el reino de los cielos? Si es así, ¿de qué nos sirve todo nuestro esfuerzo, renuncia y abnegación?»
Dije Yo: «Para tratar con vosotros se necesita verdaderamente mucha paciencia! ¿Cuánto tiempo tengo que soportaros todavía hasta que me entendáis? Si digo que no puede entrarse en el reino de Dios sino como un niño, no me refiero a lo corporal sino sólo a la sincera y cariñosa inocencia de la niñez. Un niño no tiene altanería, ni ira, ni odio, ni sentido de la impudicia, ni pasiones duraderas y tampoco impaciencia. A veces llora cuando se le trata duramente, pero se deja confortar pronto con facilidad, olvida el sufrimiento pasado y abraza a sus bienhechores con todo amor. Así debe ser cada hombre en su ánimo y en su corazón, entonces ya posee el reino de Dios.»
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