Jarah levantó sus hermosos ojos azul celeste a los cielos y, como una transfigurada, vio las profundidades de los cielos abiertos a sus ojos. Después de bastante rato empezó a balbucir más que a hablar con voz celeste, pura y suave:
«¡Oh, oh, gran Dios Santísimo! Qué encantos indescriptibles
veo ahora. Los cielos infinitamente grandes están llenos de
ángeles bienaventurados.
Qué dichosos y felices deben ser. Sin embargo, Jarah todavía es más feliz y dichosa. Está vacío el trono eterno en el gran centro de los cielos inmensos, alrededor del cual se hallan arrodillados gran abundancia de ángeles sobre nubes claras como la luz solar, y continuamente exclaman: «¡Santo es aquél cuyo trono está aquí! ¡Oh, regocijaos, porque pronto Él terminará la gran obra en la Tierra y llegará a ocupar este trono de la gloria de Dios. Él, único que tiene el derecho a ocupar este trono, está ahora aquí con la pobre Jarah! Alabadle y ensalzadle, pues de Él es este trono eterno de gloria y poder divinos»
El Señor: «Quien ama la vida del cuerpo y hace todo por conservarla, con la vida del cuerpo pronto acabada perderá también la vida eterna del alma. Pero quien huye la vida del cuerpo ganará la vida eterna del alma»
El Señor: «Muchas cosas, empero, han sido ocultadas al hombre en esta Tierra. El gran porqué no lo sabrán sino en el más allá».
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