El Señor: «Como hombre soy semejante a vosotros; pero dentro de mí habita la plenitud original de la gloria divina del Padre que en sí es amor puro. Esto no lo digo Yo como hombre, sino que el verbo que dirijo a vosotros es el verbo del Padre dentro de mí y que conozco bien, pero vosotros no lo conocéis, pues si lo conocierais mi misión sería en vano e inútil.
Sin embargo, como no lo conocéis y nunca lo habéis reconocido, he venido para mostrároslo y enseñaros a reconocerlo perfectamente.
Es la voluntad del Padre que todos los que creen en mí, el Hijo del Hombre, posean la vida eterna y la gloria del padre para hacerse eternamente hijos verdaderos del Altísimo.
Pero para que esto sea posible, el cielo y el infierno deben habitar bajo un techo. Sin lucha no hay victoria. Donde se puede obtener el máximo, debe emplearse la mayor actividad. Para alcanzar un extremo es preciso desprenderse del opuesto.
Podría llevar tu espíritu a otros cuerpos celestes, en los cuales encontrarías todo tan perfecto como las obras realizadas por los animales; ¿pero de qué les vale tan monótona perfección? Sólo satisface sus necesidades limitadas y fastidiosas; fuera de esto no hallarás nada más.
¿Sería posible educar hijos de Dios bajo estas condiciones de
Vida?
Vosotros, los hombres de la Tierra, poseéis infinitas posibilidades, apenas desarrolladas. Por eso las criaturas recién nacidas son tan desmañadas y mucho más atrasadas que cualquier animal en estas condiciones.
Precisamente por ser tan débiles, indefensas y tan inconscientes como un recipiente vacío, pueden ascender hasta alcanzar la máxima consciencia divina y hacerse capaces de cualquier perfección.
¡Retened bien lo que acabo de deciros, actuad de la misma manera y sin duda alguna alcanzaréis también el destino para
el que sois designados y escogidos para ahora y para siempre!
Para más información de las obras de Jacob Lorber, visite su página web:
