Cada alma, por muy débil e impotente que sea, contiene en sí el germen original de la vida que nunca puede ser corrompido.
Cuando alcanza el estado en el que su interior centella divina puede ser despertada, en seguida será feliz, bienaventurada y llena de amor y sabiduría.
En este estado puede ser tanto un hijo del altísimo, como un espíritu angélico hecho hombre, o un alma de un sol central, de un sol planetario, o de cualquier otro cuerpo extraterrestre de los que hay en todo el universo más que granos de arena en el mar o hierbas en la Tierra.
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