Puedes imaginar que también en el más allá se permite, según el orden divino, hacer todo lo posible para curar un alma perversa, porque el Señor no ha creado ningún alma para la perdición sino sólo para la perfección de la vida.
También puedes creer que no existe un alma en todo el espacio infinito que pueda alcanzar la perfección por mera misericordia, sino sólo por su propia voluntad. El Señor proporciona diversos medios de curación al hombre, pero éste tiene que reconocerlos como tales, aceptarlos de buena voluntad y aplicarlos por sí mismo.
Si el hombre exclama o dice en su corazón: «Señor, soy demasiado débil para salvarme con los medios que me has ofrecido. ¡Dame tu mano!», entonces el hombre mismo pedirá la ayuda de lo Alto por su propio arbitrio al darse cuenta de la insuficiencia de sus fuerzas. En este caso el Señor, con todo el poder y la fuerza necesarios, puede socorrer al alma débil.
Tanto la voluntad como el conocimiento y la confianza del hombre tienen que ir acompañados de una resolución completa.
Seguirá el orden según el cual cada alma debe salvarse por sí misma con los medios ofrecidos, porque toda influencia extraña en la organización del libre arbitrio tendría como consecuencia la desintegración evidente de la naturaleza del alma; porque el alma debe perfeccionarse según las disposiciones necesarias del Señor, debe formarse y perfeccionarse por sí misma con los medios ofrecidos»
El Señor: «Todos los que me sean fieles en la fe y en el amor, quedarán libres de juicio; porque me ceñiré una espada por ellos y delante suyo entraré en combate. Cada enemigo tendrá que retroceder ante mi espada. La espada se llamará Emanuel (Dios, el Señor, está con nosotros), su agudeza será la verdad y su gran peso el amor de Dios, Padre de sus hijos fieles. Quien quiera luchar, que luche con la agudeza de la verdad de Dios y con el peso del amor del corazón del Padre desde la Eternidad. Equipado con este arma vencerá en mi nombre a todos los enemigos de la vida y de la verdad»
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