iCon qué dificultad se separará el hombre rico de sus bienes y qué fácilmente abandonará este mundo el que no posee bien alguno del mundano seno venenoso, sobre todo si fue perseguido a causa de mi nombre! Este último desprecia el mundo y en verdad no le da pena abandonar este obscuro reino de pestilencia para entrar con visión clara en el Reino de los cielos.
Así como el oro se purifica en el fuego y obtienen su gran valor, así también debe ser el caso con todos vosotros que queréis ser discípulos e imitadores míos; pues mi Reino, para el que todos nosotros trabajamos ahora, no es de este mundo, si de aquel gran mundo que, como eternamente imperecedero, sigue a esta corta vida terrestre de prueba.
Por tal razón no os doy la paz para esta vida sino la espada; pues por medio de la lucha con el mundo y con todo lo que os ofrece deberéis conseguir la libertad de la vida eterna. Mi Reino se hace fuerza y los que no lo conquistan con violencia no se apoderarán de él.
Quien quiera que en la lucha por mí pierda su vida terrestre, la hallará plenamente en mi Reino; pero quien en la lucha por mí haga todo para conservar su vida, será un cobarde y nunca participará en la corona triunfal de la vida eterna.
Yo sé mejor que nadie cómo Satanás maltrata el mundo, y Yo tengo poder suficiente para aniquilarle, pero mi gran amor y paciencia nunca me lo permitirían.
Quien se imagina vencer a su enemigo aniquilándole, es un luchador cobarde. No por su valor ni su audacia, sino únicamente por su gran miedo es por lo que se deshizo del enemigo, a quien tanto temía.
Quien quiere ser un héroe verdadero no debe destruir al enemigo sino que ha de tomarse el trabajo de ganárselo, haciéndolo con toda la prudencia, paciencia, amor y sabiduría de su corazón. Sólo entonces podrá vanagloriarse de una victoria verdadera sobre su enemigo, y el enemigo mismo, conseguido por tal lucha, será su mejor premio.
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