El reino de Dios en el corazón del hombre
El Señor: «Una vez que el hombre haya empezado a creer verdaderamente, y mediante sus obras según las enseñanzas haya vivificado la fe, entonces el Reino de Dios comenzará a desarrollarse ¡en él, al igual que la vida comienza a desarrollarse en la planta, desde dentro hacia fuera, cuando la luz del sol la ilumina y calienta en primavera, estimulándola a la actividad interior.
Cierto es que toda vida es despertada y estimulada desde fuera; sin embargo, la germinación, el desarrollo, el crecimiento, la formación y la consolidación se realizan siempre desde dentro. Igualmente los animales y los hombres tienen que tomar primero el alimento desde fuera. Pero la ingestión de la comida y de la bebida aún no son la verdadera nutrición del cuerpo, ni mucho menos, porque esta se realiza únicamente desde el estómago a todas las partes del cuerpo.
Así como el estómago es en cierto sentido el centro alimentador del cuerpo, de la misma manera el corazón del hombre es el estómago alimentador del alma, para que se despierte en ella el Espíritu de Dios.
Mi Enseñanza es el verdadero alimento y la verdadera bebida de vida para este estómago del alma. De modo que Yo, con mi Enseñanza dirigida a la humanidad, soy el verdadero Pan de Vida procedente de los Cielos; y obrar según ella es una verdadera bebida vital, el mejor y más reconfortante vino, que
mediante su espíritu vitaliza todo el hombre y le ilumina con la llama viva del fuego de su amor. Quien come de este pan y bebe de este vino, no verá ni palpará la muerte, jamás en toda la eternidad.
¡Obrad según esto!, y mis Palabras se volverán la Verdad más viva para vosotros».
En la esfera del espíritu del apóstol Juan, este dice: «Ya sabéis que el espíritu del hombre es una imagen viva y perfecta del Señor que lleva en sí la chispa del Ser divino. Cuando el hombre abarque todo esto en su interior, entonces también abarcará... Y llevará dentro de sí lo infinito, desde lo más ínfimo a lo más inmenso, de manera totalmente divina, o sea, que ha unido en sí la totalidad del Señor, como concentrada en un punto, mediante el poderoso amor hacia Él...
El Señor: «El Reino de Dios está dentro del hombre. Su piedra
fundamental es Cristo, el Dios único y Señor del Cielo y de la tierra, temporal y eternamente, tanto en el espacio como en la infinitud. El corazón ha de creer en Él y amarle sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo. Cuando el hombre cumple enteramente en su corazón con este sencillo requisito, entonces ya ha encontrado el Reino de Dios. Ya no tendrá que preocuparse de nada más; todo le será dado cuando lo necesite.
El que ha renacido ya vive permanentemente en su espíritu, y no considera el fallecimiento de su cuerpo como una muerte, sino que para él es lo mismo que para una persona que se quita la ropa en la noche, o para un cargador que al final del camino puede liberarse de su pesada carga.
Los signos del renacimiento del hombre se manifiestan interna y externamente sólo cuando hace falta. Hasta incluso este detalle es un signo del renacimiento... No hay que esperar que el renacimiento se manifieste con milagros pueriles, porque se presentará en forma de frutos totalmente naturales de un espíritu sano y de un alma curada gracias a él.
El Amor por Mí, una gran bondad de corazón y el amor a todos los hombres son, en conjunto, los verdaderos signos del renacimiento.Pero cuando falten y la humildad no se haya fortalecido todavía lo bastante para aguantar cualquier golpe, no servirán ni aureolas de santidad, ni hábitos, ni visiones de espíritus, porque estos hombres están muchas veces más lejos del Reino de Dios que otros con un aspecto muy mundano. Pues el Reino de Dios nunca se presenta con esplendor exterior sino únicamente en el interior, en el corazón del hombre, en toda quietud y desapercibimiento.
Es preciso que grabéis esto profundamente en vuestra alma y que siempre os acordéis de ello; así os resultará más fácil encontrar el Reino de Dios».
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