Diferencia entre la bienaventuranza y la perdición
Existen multitud de artimañas que intentan llevar al alma cada vez más cerca de Satanás para que se vuelva parte idéntica a él, aunque esto no podrá ocurrir nunca porque cada alma lleva dentro de sí su propio espíritu, inseparable de ella, que es lo conIrario al espíritu de Satanás.
Si tal alma se quiere acercar a Satanás, entonces se manifiesta su espíritu, siemlpre como juez vengador y castigador, haciendo sufrir mediante un fuego interior inextinguible. A consecuencia de este sufrimiento el alma vuelve a alejarse de Satanás y mejora tanto como sea posible. Si quiere continuar mejorando, tanto más fácil le resultará el intento cuanto más se acerque a la pureza del espíritu que habita en ella.
y si este proceso de mejora continua y el alma se vuelve igual a su espíritu, entonces podrá incluso alcanzar la bienaventuranza. Pues la diferencia entre la bienaventuranza y la perdición es la siguiente. En la bienaventuranza el alma se integra totalmente al espíritu, con lo que este se vuelve el verdadero ser. Sin embargo, en la perdición, el alma quiere deshacerse del espíritu puro para adoptar otro impuro, él de Satanás. En este caso el alma perderá toda semejanza con su espíritu, pues lo nuevo que adopta es de polaridad totalmente opuesta al mismo. Esta diferencia de potencial produce una fuerza que rechaza a Satanás: cuanto más se acerque un alma a él, tanto más violenta es la reacción de su espíritu contra Satanás.
Esta reacción produce en el alma unos dolores extremadamente fuertes; precisamente de ahí viene el concepto de tormentos infernales, debido a que la reacción analizada se manifiesta como un fuego inextinguible.
Este es también el gusano de la conciencia que nunca morirá y cuyo fuego nunca se apagará, el mismo fuego que en un ángel produce la suprema bienaventuranza y en un diablo la mayor desdicha.
Cada acto acarrea como consecuencia una sanción que ha sido determinada por Dios. Esta consecuencia es el juicio inalterable que implica cada acto. Así lo ha establecido el Señor, de manera que cualquier acto, bueno o malo, al final será juzgado por sí mismo.

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