Los tres grados del perfeccionamiento de la vida
El Señor: «Todavia estáis demasiado atados al mundo y a vuestras riquezas manchadas con sangre de viudas y huérfanos... Un gran abismo muy dificil de salvar para los hombres mundanos.
Al igual que para Dios todas las cosas son posibles, también el hombre mundano y pecador mas empedernido puede corregirse y mejorarse pronto y eficazmente, con tan solo tener plena fé y
confianza en Dios y poner en práctica lo que la Sabiduria divina le aconseja. Para ello tiene que hacer un verdadero milagro: cambiar radicalmente su voluntad y negar todas sus antiguas debilidades, costumbres, apetencias y pasiones que, procedentes de los espiritus naturales muy impuros y aún no fermentados de su came, invaden el alma para contaminarla e incluso desfigurarla ¡Observaos a vosotros mismos para ver cuantas pasiones de esta clase os han afectado! Y ahora, ¡animaos a tomar la firme decision de dejarlo todo para seguirme! Si sois capaces de hacerlo, pronto llegaréis al perfeccionamiento de la vida interior. De lo contrario, el camino os resultara muy pesado y laborioso.
La voluntad del hombre para pecar encuentra siempre un gran apoyo en los estimulos y pasiones de la carne. Pero la carne no presta apoyo alguno a la voluntad de hacer el bien... Sólo lo presta la fé en el Dios verdadero y, sobre todo, el amor hacia Él y la esperanza en que las promesas de Dios seran cumplidas sin falta.
De modo que aquel que es capaz de luchar contra las malas pasiones de su came mediante una fe viva y firme, el amor a Dios y al prójimo y la esperanza irrenunciable en llegar a ser dueño de si mismo, pronto sera también señor de toda la naturaleza exterior y, por haberse superado a si mismo, ya ha llegado al primer grado del verdadero perfeccionamiento de su vida interior. Aún así, no dejarán de presentarsele frecuentemente las mas diversas tentaciones que le incitaran a uno u otro pecado menor.
Si después consigue pactar firmemente con sus sentidos para que estos se nieguen a todos los estimulos mundanos y se orienten solo hacia el ámbito puramente espiritual, ello ya es señal cierta y luminosa que el Espiritu de Dios ha colmado al alma enteramente. Y con esto el hombre alcanza el segundo grado del verdadero perfeccionamiento de la vida interior.
Al llegar a este nivel, el hombre ha adquirido una fuerza y libertad de vida, que, por estar su alma colmada de la Voluntad de Dios, ya no le permite actuar sino conforme a Su Voluntad, por lo que ya no puede cometer pecado alguno. Pues, como él mismo se ha vuelto puro, todo le resultará puro.
Aunque el hombre haya llegado a ser de esta manera verdadero señor de toda la naturaleza y sea claramente consciente de que de ninguna manera puede ya faltar, porque toda su actividad se orienta en la Sabiduria verdadera de Dios, aún asi continua perteneciendo solo a ese segundo grado de perfección de la vida interior.
Pero todavia existe un tercer grado, el mas elevado... Consiste en que el hombre perfeccionado, consciente de que siendo un verdadero dueño de toda la naturaleza puede hacer todo lo que quiera sin poder pecar, a pesar de ello, domino su fuerza de voluntad y poder con toda humildad y mansedumbre, y por amor puro hacia Dios en todo lo que hace, no emprende nada antes que Dios le haya avisado explícitamente. Para ese verdadero dueño de toda la naturaleza todavia resulta un desafio considerable, porque dentro de su suma sabiduria es perfectamente consciente de que, conforme la Voluntad de Dios de la cual esta penetrado, no puede actuar sino de manera perfecta. Pero un espiritu aún más profundamente consciente, también reconoce que entre la Voluntad de Dios que se refleja en Él y la Voluntad libre e infinita en Dios, existe todavia una gran diferencia, por lo que siempre someterá su voluntad particular a la Voluntad divina, libre e infinita. Y actuará por su propia fuerza, siempre que la Voluntad en Dios le haya avisado explícitamente para ello. El que procede de esta manera, ya ha llegado a la mayor perfeccion de su vida interior, lo que representa el tercer grado de la perfección.
Cuando el hombre consigue así, por el renacimiento, la verdadera filiación de Dios, gracias al Amor de Dios, su Padre, que le ha hecho renacer, entonces llega también a la Magnificencia de la Luz primaria en Dios, la cual, en sentido propio, es el divino Ser primario mismo. Este Ser, en el fondo, es el Hijo primogénito del Padre, análogo a la luz que permanece sumergida en el calor del amor hasta que el amor la vivifica y le permite fluir. Esta santa Luz es, por lo tanto, la real Magnificencia del Hijo del Padre. Cada renacido la alcanza y se vuelve igual a ella. Y esta Magnificencia es la pura Realidad o el Verbo encarnado y está etemamente llena de Gracia y de Verdad».
(S. Juan I, I6)
Pues de su Plenitud recibimos todos Gracia por Gracia.

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