El conocimiento de si mismo y el conocimiento de Dios
El Señor a Epifanio: «Mi obra y mi Enseñanza consisten sólo en
mostrar al hombre de dónde ha venido, qué es y a dónde ha de ir, a dónde irá realmente. Los sabios griegos ya dijeron: "El conocimiento más serio, importante y elevado es el mayor conocimiento posible de sí mismo".
Y precisamente a esto voy. Porque sin ese conocimiento es imposible conocer al Ser divino más elevado como base de todo lo que existe y existirá. Y quien no reconoce esto y no orienta su vida, sus pensamientos y deseos hacia la única verdadera meta de vida que es conocerse a sí mismo y al Ser divino más elevado como el fondo eterno primario de todo ser y desarrollo de la forma más perfecta este, en principio, está perdido.
Pues todo lo que no lleva en su interior una consistencia que penetre todos los elementos y los sujete, y no se vuelva cada vez más inalterable, pronto se desmoronará, no quedando nada de lo que antes había. Lo mismo le pasa al hombre que en su interior no ha llegado a la consistencia necesaria, ni a la integración en Dios, ni tampoco a la unión con Él.
El hombre sólo llegará a ello cuando reconozca su propia identidad y, como consecuencia necesaria, a Dios mismo como fondo primario, Y si a continuación actúa conforme a este conocimiento en todos los ámbitos de su vida.
Cuando un hombre alcanza esta madurez y firmeza interior, entonces se vuelve dueño de todas las fuerzas que emanan de Dios y, mediante ellas, también de todas las criaturas, espirituales y materiales. Nada podrá destruirlo, ha alcanzado la vida eterna...
Esto es la quinta esencia de toda mi nueva Enseñanza, aunque, en realidad, se trata de la Enseñanza más antigua desde que el hombre existe en la Tierra. Sólo que se ha ido perdiendo a causa de la indolencia de los hombres, por lo que ahora la restablezco como nueva, como el antiguo Edén perdido (Edén = Je dén = es de día), a los de buena voluntad».
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