La conciencia y la influencia de los ángeles
Rafael a Matael: «¿Acaso te imaginas que nosotros, los innumerables espíritus angélicos y en particular yo mismo, estamos al servicio del Señor sólo en esta colina? Con tus ojos ves que aquí estamos dispuestos a prestar grandes servicios al Señor y a llevar Su Voluntad de un infinito a otro. Sabe que te encontraremos en tus provincias del Ponto para decirte todo que tengas que saber, según el Orden divino. Pase lo que pase, si tu voluntad se mantiene como hasta ahora, serás informado al momento de todo lo necesario, y no necesitarás más...
Pero si te dejas llevar por soberbia habitual del poder de un rey,
apartándote así del Señor y, por consiguiente, también de nosotros, entonces, naturalmente, ya no sabrás nada más del Reino de Dios y de su Misericordia infinita. Por lo tanto ¡preocúpate sólo de mantenerte en la Gracia y en la plena Luz del Señor, y todo lo demás se te dará por añadidura!
Si tú mismo llegaras a convencerte de todo lo que el Señor realizará aún en esta tierra, y después te dejas seducir de una manera u otra por el mundo, entonces todo lo que hayas visto y oído será para tí como si no hubieses visto ni oído nada.
Pero si te mantienes en la Gracia y el Amor del Señor, no permitiendo que el mundo te ciegue, sino amando al Señor sobre todas las cosas ya tu prójimo como a ti mismo, entonces, aun estando en las partes del mundo más lejanas y desconocidas, se te comunicará todo lo que el Señor obre, siempre que sirva para la salvación de tu alma. ¿Te parece bien?».
Dice Matael: «¡Sublime amigo mío de los Cielos de Dios! Estoy enteramente satisfecho con ello y no necesito más. Sólo te ruego que me adviertas en cuanto me desvíe en lo más mínimo del Señor y de su Orden, debido a las más diversas circunstancias. Pues, un pequeño empujón a tiempo vale más que un mundo lleno de los tesoros más grandes».
Responde Rafael: «Lo que dices se hará siempre incluso sin que lo pidas. Pues mira, cada ser humano tiene en su corazón un órgano espiritual que está siempre abierto a nosotros, los ángeles de Dios, y al que podemos acceder en todo momento. Este órgano es sensible a los conceptos sencillos como bueno o malo. verdadero o falso, justo o injusto. Si siempre practicas lo bueno, lo verdadero y lo justo, entonces tocamos la parte afirmativa y buena, y en ti surge la sensación agradable de haber actuado y hablado de forma buena y justa. Pero si en algún momento no has actuado o hablado bien, entonces tocamos la parte negativa de ese órgano, y te sobrevendrá un temor que te indicará que has salido del Orden divino. Este órgano, en el lenguaje moral, se llama conciencia.
Puedes confiar totalmente en esta voz de la conciencia que nunca te engañará, a no ser que alguien deje que este órgano se embrutezca tanto que finalmente se vuelva tan materialista que ya no pueda percibir nuestro toque de atención. Ello significaría que la parte espiritual del hombre se ha perdido casi totalmente. Sin embargo, seguramente esto no ocurrirá nunca en tu caso porque has avanzado ya mucho en la Gracia y el Amor del Señor y el Señor ya os ha transformado y reorganizado completamente a tí y a tus compañeros. Tu alma todavía sigue siendo la antigua, sólo que el Amor del Señor, mediante su Espíritu, ya se ha vuelto muy activo en ella y ha transformado tu vieja carne maliciosa de manera que ya no oprime tu alma. En breve, tu amor por el Señor se concretará en esencia y forma, mediante la práctica del amor al prójimo, y se unirá del todo con el alma. Así llegará el momento en que renacerás en el espíritu y en la verdad, y te unirás en matrimonio espiritual con el Amor primario en Dios, haciéndote por lo tanto uno con Él.
El Amor de Dios tomará entonces una forma y existencia reales
para tí y verás a Dios y hablarás con Él en todo momento. El Señor será corporalmente visible para ti y perceptible para tu corazón; Él será tu Guía y Maestro, eternamente. Entonces ya no habrá ninguna posibilidad de apartarte del Señor, pues serás totalmente uno con Él en tu querer y conocer, siendo un auténtico y verdadero hijo del Padre eterno».
|