La humildad y el respeto a si mismo
El Señor a Agripa: «Ya que todos los seres son verdaderamente
obras de Dios, entonces también son obras de su Amor. Y vosotros mismos no sois sino Amor de Dios y en Dios, y vuestra existencia es Amor encarnado de Dios, por la Voluntad del Amor de Dios mismo.
Dios os ama tanto que Él mismo ha venido a vosotros en un ser
humano, y os está enseñando ahora los caminos hacia una vida libre e independiente, como si emanara de vosotros mismos, semejante a la de Dios.
Desde todas las eternidades Dios es el Maestro más perfecto, tanto de lo mayor como de lo más ínfimo. Nunca fue un chapucero y no tiene que avergonzarse de ninguna de sus obras. Y el hombre es la más perfecta de todas las innumerables y distintas criaturas, el punto culminante del Amor y la Sabiduría divinos, y está destinado a volverse él mismo un dios. ¿Qué motivos tendría Dios para avergonzarse de esta obra suya, la más perfecta, y para considerarla indigna de acercarse a ella? Amigo mío, debes dar de lado a estas ideas puramente terrenales sobre Dios, porque son equivocadas e impedirán que te puedas acercar a Él poco a poco. De lo contrario harán que te alejes cada vez más de Dios, hasta un punto tal que, a causa de un respeto desmedido, con el tiempo ya no te atreverás ni a amarle.
¡Mirad!, sólo Yo soy el Señor desde toda la eternidad y, ¿cómo Me presento a vosotros? Os llamo hijos míos, amigos y hermanos, y lo que vosotros sois para Mí, todo hombre lo es, sin distinciones. Pues todo hombre es mi Obra perfecta, y debe reconocerse y respetarse a sí misma como tal, no despreciándose como si fuera un gusano o un monstruo. Porque quien siendo en verdad mi Obra se desprecia a sí mismo, también Me desprecia inevitablemente a Mí, al Maestro.
Amigos, una de las virtudes más necesarias para poder llegar a la Luz interna de la Vida es la humildad en el corazón del hombre. Pero esta virtud consiste solamente en el verdadero Amor a Dios y al prójimo. Es la paciencia entregada del corazón del hombre que, aún reconociendo su propia preeminencia, nunca se levanta soberbiamente por encima de sus hermanos mucho más débiles, sino que los abraza por ello con tanto más amor y trata elevarlos, mediante enseñanzas, consejos y hechos, a la perfección superior reconocida en sí mismo.
Sólo en esto consiste la verdadera humildad, nunca en el desprecio a sí mismo. Quien no se considere a sí mismo una verdadera Obra de Dios, tampoco podrá respetar verdaderamente a su prójimo ni a Dios, Salvo a base de razonamientos totalmente equivocados.
|